Mejor si estás encima, mejor escuchar al pumpum

De pequeño, inventabas idiomas y tus muñecos protagonizaban películas invisibles. Luego creciste y acataste las reglas del mundo adulto. Aceptaste que sólo existen las palabras del diccionario de la Real Academia o las que puntúan en el Apalabrados. Que esos papeles con los que pagas se llaman dinero. Quizá un día, pronto, los críticos se reúnan sesudamente y acuerden insertar las páginas inéditas de El Principito recién encontradas; entonces, el libro oficial cambiará, el que tienes en la estantería ya no será válido, será otro tesoro perdido, una anomalía.  Nuestra sociedad depende de estas convenciones. De lo que otros deciden que es real.

Por eso admiro a la gente que se crea sus propios mundos. No sé si llamarlos rebeldes, para mí son héroes. El Principito veía serpientes haciendo la digestión donde otros sólo veían sombreros. Tolkien creó una mitología entera, una lengua, una historia. Más modesto, hubo un niño que se inventó su propio calendario. Leí un artículo acerca de él hace tiempo, parecía un capítulo sacado del libro El curioso incidente del perro a medianoche,  El niño no entendía por qué Febrero era tan corto, así que le añadió dos días más, y desplazó el resto de fechas para que encajasen. Mientras sus compañeros viven en el 14 de mayo, para él todavía es día 12.

Todos los cantantes hacen algo parecido al subirse al escenario. Tocando la guitarra, desgranando canciones entre sonrisa y sonrisa, dejan de ser ese chico apocado, con gafas y una bolsa de la compra a cuestas, que una hora antes del concierto llamaba al timbre del local para que le dejasen entrar. Freddie Mercury aseguraba ser muy tímido, pero jamás lo dirías porque cantando era ese hombre poderoso y carismático y hasta guapo que había decidido ser.

No sé si los cantantes son conscientes de que el proceso es doble y el público se adueña de sus canciones.  O quizá sí lo saben, quizá lo buscaban al componerlas: que con ellas bautices historias y transmitas sensaciones y vueles a casas que no existen todavía. El caso es que, ahora mismo, para ti esa canción es especial porque habla de ti, de tu historia actual, de una broma privada, de los besos que has dado y el baile que compartiste junto al mar. Es más que tu canción: es vuestra canción. Intimidad en un recinto abarrotado.

Te das cuenta entonces de que todavía conservas el poder de crear mundos, como cuando eras niño. Pero ahora sólo lo aplicas a las cosas pequeñas. A hacer tuyas frases y canciones. Es hora de creer en la magia, de replantearte perspectivas, entender que el mundo funciona así porque es tuyo. ¿Quién ha dicho que todos ven el color azul con el mismo tono de azul que tú? Quizá para otra persona su azul se parezca más a tu rojo, y está bien que así sea, lo antinatural es que otros estandaricen un código para que captemos igual esos pigmentos. Piensa, haz, di, crea, comparte las cosas que te hacen único. Tu azul es tuyo, tatúatelo.

Wear it like a crown

Hay que reciclar recuerdos. No hay que tenerles miedo, no hay que mitificarlos ni mucho menos permitir que se conviertan en esa caja de fotos antiguas que un día, limpiando el armario, se caerá al suelo y se abrirá y te golpeará con todas esas instantáneas de momentos y compañías que no querías recordar. Hay que tener las fotos a la vista, atreverse a compartirlas, que inspiren nuevas risas con gente igualmente nueva.

Tu peluche, por ejemplo. Lo abrazas cada noche. Fue el último regalo de tu ex; bueno, en realidad hubo otros regalos después, pero sí fue el último antes de la debacle. Le tienes especial cariño y lo abrazas más como símbolo que como último resto de una relación perdida. Sólo hay una regla: nadie lo toca. Es tuyo. Hasta que un día, un chico, ese chico, viene a casa porque lo has invitado a cenar y a ver una película y como en tu casa no hay cojines le ofreces abrazarse al peluche. Lo haces porque la noche de la primera cita te fijaste en que lo miró con cierto cariño mientras lo apartabas de un manotazo para hacer sitio en la cama. Esa mirada se merece un voto de confianza.

Así que hoy le das el peluche. Enseguida pierdes cualquier miedo porque ves que lo abraza como lo abrazas tú por las noches. Él no sabe, él sólo actúa. Y juega con los bracitos del muñeco, se lo cuelga del hombro, lo hace bailar, le da esos besos cariñosos que todavía le cuesta dártelos a ti, son cómplices él y el peluche, se diría que en el sofá sólo están ellos dos viendo la película. En el fondo, para él eres el peluche. Y sonríes. Porque sabes que te acabarás enamorando de ese chico que se atreve a jugar con peluches y, sobre todo, porque esa figura de felpa ha crecido al reciclar su recuerdo. Ya no es el peluche de una infidelidad pasadísima sino el peluche del chico con el que ahora te gusta compartir momentos. Y en adelante, lo abrazarás porque tendrá el rastro de su colonia, la que te hace reír al pronunciarla. Chu-uan-chu.

O esa canción. La que te emociona cuando de repente salta en el reproductor porque te recuerda a alguien que ya no está ahí, una historia que quedó a medias. Y él lo nota, nota que estás ausente o que bailas para ocultar escalofríos. Por eso te gira la cara hacia él y te besa, «estás muy mono», dice. En adelante, la canción será la del beso en el sofá o el abrazo al aire libre. Reciclar recuerdos no es traicionar el pasado. Es tenderle un puente desde el presente, reconocer el recorrido que te ha traído hasta aquí, hasta la felicidad de ahora. Construir nuevas vivencias para sobrevivir. Mereció la pena porque merece la pena.

You won’t catch me running, I cherish the day

Solo pensamos en la meta. Desde que nacemos, nos programan para ello, para pensar en el futuro. Estudiamos para encontrar trabajo, comemos solo para alimentarnos, trabajamos para ganar dinero, jugamos para competir (y, a ser posible, ganar), salimos de fiesta para ligar, follamos para corrernos, subimos al tren para llegar a nuestro destino (y más le vale que no se retrase). Somos niños glotones a los que el Universo está obligado a satisfacer. Así lo exigimos. Olvidamos lo esencial: disfrutar del camino.

Yo presumía de fluir, pero solo lo hacía de boquilla. Fluía al principio, qué otra cosa pueden hacer las cascadas que precipitarse, mientras dura el impulso dejarse llevar es fácil, pero en cuanto llegaban los primeros meandros y el agua avanzaba más despacio, como deteniéndose a contemplar el paisaje, yo me impacientaba. Quería llegar ya a la desembocadura, a la amplitud del océano, porque me merecía llegar allí cuanto antes (eso pensaba). Comportándome así no era yo el agua sino una de las muchas piedras que ésta arrastra.

Pero a veces tienes suerte. A veces conoces a alguien que, cuando le exiges que te señale en el mapa la posición exacta de la desembocadura y que, ya puestos, te calcule la distancia exacta que os separa de la misma, en vez de tomar el primer desvío, como hicieron otros, te tiende la mano. Quiero seguir aprendiendo, te dice. Te manda un regalo que contiene este lema: «No tienen grandes metas, solo pequeños objetivos». Y te hace abrir los ojos. Creías que le ibas a enseñar tú y es al revés, o mejor dicho es mútuo: aprendéis los dos. De eso se trata, de aprender los dos encontrando un ritmo que se acomode a ambos (y siempre existe ese ritmo). Quién mejor para enseñarme.

De tanto pensar en lo que podrías conseguir mañana, olvidabas disfrutar de lo que ya tienes hoy. Por exigir un futuro, no dabas las gracias por cada momento presente que te ofrecen. Las cosas buenas que vas viviendo día a día. Cosas sencillas, porque ésas son las mejores. Un cupcake bajo la lluvia, una botella de vino acompañando una buena película, un abrazo intenso, el aviso rojo de una canción nueva en Spotify, cada sonrisa de bienvenida, encontrar sitio en ese bar, las conversaciones sobre todo lo que compartimos y todo lo que no. Esas cosas, las nuestras. Gracias. Ahora lo entiendo. Dar pasos, pequeños o largos, qué más da, por el mero placer de darlos. Seamos agua.

You can touch the sunrise, feel the new day enter your life

Qué fácil era todo cuando me bastaba con el sol brillando. Lo he recordado esta mañana al salir de casa. Y sí, defenderé siempre que los días de lluvia también ocurren cosas buenas, porque así, pero nada como un día soleado para recargar las pilas. Recordar lo importante. Sonreír, sentir la brisa entre cálida y fresca, disfrutar las canciones que saltan solo porque son bonitas y no por lo que conseguías que me evocaran.

Pretendiendo compartir mis cosas, me quedé sin cosas que compartir. Descuidé los ojos y ya no se fijaban tanto, descuidé las manos y escribían menos. Anoche volví a escribir mucho y esta mañana, aprovechando el sol que por fin estrenaba la primavera, he vuelto a gozar de mi barrio. El destello de los coches al pasar, la anciana que volvía de comprar fruta, mi muffin favorito (de yogur y arándanos) porque ya no me importa si engorda un poco, las nuevas casas antiguas que descubro, con sus grietas en las fachadas y sus flores en el balcón. Sus puertas siempre parecen a punto de abrirse; bastaría con que alguien les diera un pequeño empujón.

Las cosas tienen que ser fáciles. Porque pueden serlo. El subtítulo de mi blog no podría dejarlo más claro: «Here’s simple and happy. That’s what I meant to give you». Eso es lo que ofrezco. Lo que tengo que recordarme cada día, cada momento, para disfrutar de este día y de este momento. Pasito a pasito, pero avanzando. No quiero ser uno de esos matemáticos que se pasan la vida calculando, analizando, racionalizando, en busca del teorema perfecto, mientras la pajarita se les arruga y las gafas de pasta se les resbalan nariz abajo. Quiero ser los locos que sonríen.

Mañana volveré a salir a la calle con la misma energía. No: dentro de hora y media, en la pausa para comer, volveré a salir a la calle con la misma energía. Esa energía es mía. Siempre lo fue pero hoy la he recordado. Quererme a mí mismo porque es la única forma de acumular cosas que compartir. Fue lo único que yo quería: nada de descifrar gestos y frases o sentirme inseguro, sino compartir. Simplemente eso. Así que, por ahora, me limitaré a compartir conmigo mismo las maravillas de mi mundo. Quiero que los demás me asocien con eso. Con las sonrisas fáciles.

Tu voz se proyecta, el futuro se acerca

Calla, no digas nada, ¿y si le agobias?, es mejor dejar pasar unos días, todavía es pronto, ya es demasiado tarde, espera a que él mueva ficha, paciencia, corre o te arrepentirás, eso no es lo que recomiendan, dilo de otra manera. Nadie tiene una fórmula mágica pero a la hora de expresarnos, todos recomendamos máscaras. Porque desnudarnos nos da miedo. Nos vuelve vulnerables. Qué triste.

Piensa en las oportunidades que perdiste por no decir lo que podrías haber dicho cuando todavía había tiempo para decirlo. ¿Las que se rompieron por sí decirlo? Esas no importan: tampoco estaban destinadas a ser. Las relaciones personales deberían ser sinceras. Las palabras, como todo lo demás, han de fluir sin miedo. Expresarte con doble tranquilidad: la de expresar lo que sientes y la de expresar ante un oído que escucha. Desnudarte es bueno si lo haces porque quieres y te apetece y además la otra persona te ayuda a desabotonarte.

Todo lo demás solo lleva a malentendidos o, peor, sobreentendidos. No digo yo porque no me ha dicho él. O digo menos porque es lo que se espera ahora de mí: que diga menos. Fingir indiferencia está dictado por no se sabe qué protocolos. Es curioso que el libro que más me ayudó a entender todo esto y a comunicarme tal como siento fuera, precisamente, uno que lleva por título El arte de no decir la verdad. Sigo recomendándolo.

Digo las cosas, sí. Las positivas y las que necesitan mejora. Los te quiero y los te echo de menos. Las cosas que siento, en definitiva. Y no me arrepiento. Soy alguien de letras, alguien que escribe, comunicativo. Así que digo. Si te gusta, escúchame y si no, pues ya escucharán otros. No es culpa mía, son las leyes de la física: la voz se proyecta.