Hemos nacido en la era punk

Anoche envidié a Madonna. Estábamos en Razzmatazz dándolo todo, se acercaban las 4 y yo solo pensaba en mi cama. Asumí de repente que ya no soy el joven que podía empalmar dos días sin dormir. Y envidié, sí, a Madonna y sus giras de actuaciones casi diarias durante meses, a ella y a tantas personas que parecen conservar su energía a pesar de los años. A los amigos que nos siguen el ritmo.

Siempre creí que sería algo progresivo. Y no. Nada de años saliendo cada mes un poquito menos, porque ya no te apetece tanto como antes. Tampoco se construye ladrillo a ladrillo esa barrera entre las canciones de hoy y las canciones de «tus tiempos». Llega de golpe. Chocando con ella, te das cuenta de que tú también fuiste un veinteañero bailando Saturday Night con las canciones de tus padres.

Lo más curioso es que, por encima del cansancio y de la certeza de que ahora tienes la que edad que tienes (no tendría que chocarte tanto que la hija de un cliente te llame «señor»), por encima de todo estaban las ganas de seguir bailando. Y en eso pensaba yo cuando ha llegado a mí una frase, «Bailaremos hasta el final», y una canción: La Era Punk. El nuevo single de Algora, cuya letra lo resume todo muy bien.

Bailemos, pues.

Tarde o temprano desaparecerá la rabia
Dando a paso al conformismo y la levedad
Así que si no queda nada más detrás del valle
Bailaremos hasta el final

If you’ve got love in your blood

Esta mañana me han hecho el primer análisis de mi vida. Día más oportuno: San Valentín. En eso pensaba mientras me clavaba la aguja la enfermera y bombeaba la sangre. A mí me gusta este día. No es que lo celebre por todo lo alto, no regalo nada. Pero me gusta. La cena de hoy la prepararé con especial ilusión.

Las cosas hay que celebrarlas cada día, está claro, pero creo que quienes se quedan en eso, en la frase, en el comentario criticón, luego no lo celebran nunca; solo se acuerdan de quejarse el día marcado en el calendario. «Es que… es que…». Hay quienes ponen excusas y hay quienes, paso a paso, escalan montañas.

Personalmente, intento disfrutar cada día, y aún así me gusta San Valentín y me gusta Sant Jordi (ojalá se pudieran regalar libros a diario). Me gusta cualquier fecha que tenga sus tradiciones y símbolos y ñoñería y comida. Los recordatorios siempre vienen bien. Recordatorios de lo que tienes o de lo que quieres conseguir, mejorar incluso. Empujoncitos hacia la cima.

Well I got love in my love in my blood
And I got you on my brain
I haven’t got enough blood
I cannot love you enough 
If you’ve got love in your blood 
If it’s bolder than death 
Oh let it spill, let is spill

I’ve got your music

Vuelvo a tener música. Ayer, por fin, me compré unos cascos nuevos. Sencillos pero blancos. Y baratos, que eso es primordial hoy en día. Resulta que encendí el mp3 y la música era más reciente de lo que recordaba. No han pasado tantos meses sin música fuera de casa, pero se han hecho largos los paseos.

Y es que con un poco de música todo pasa mejor. Los quince minutos hasta el trabajo, los pasillos labertínticos en el trasbordo del metro, la espera hasta que el agua hierve antes de echar la pasta, el viaje en Nitbús con la frente apoyada contra la ventanilla. Los preliminares, las copas, las esperas.

La música inspira. Sé que, como ahora vuelvo a tener cascos, durante cualquier trayecto mil canciones desbordarán mis oídos, y con ellas, brotarán las ideas. Nadie debería vivir sin música. Es oxígeno. Emociones y atmósfera concentradas en píldoras de tres minutos. Ese placer de darle al play y que el reproductor siempre acierte. Señales o guiños, da igual. La música está para hacerla tuya.

Eight easy steps

Hace casi un año que estoy muy cocinillas. Siempre me ha gustado cocinar, ojo, pero si es para mí solo, por pereza o falta de tiempo lo más elaborado que puedo prepararme es una ensalada de garbanzos o una pizza de salmón y queso crema… cosas así. Ahora, en cambio, los jueves es el día que mi novio viene a cenar.

Él trae el vino y yo me encargo de la cocina. Disfruto probando recetas, mezclándolas, improvisando. Esto es lo que más disfruto, variar la receta sobre la marcha. Experimentos en la cocina: quiches, sushi, champiñones con queso de cabra… Uno de los platos estrella fue una lasaña de verduras que sustituye las láminas de pasta por lonchas de pavo. Más sencilla y mucho más rápida.

En diciembre llegó el turno de la repostería. A base de prueba y error, descubrí que la repostería es química: como cuando mezclabas probetas en el laboratorio, hay que seguir punto por punto las instrucciones. Cualquier variación podría terminar en desastre. De momento he preparado cupcakes, un blondie (brownie de chocolate blanco) y cookies de dos chocolates. Qué emoción cuando la masa sube en el horno.

No me iba a conformar con estar atado a una receta; lo mío es improvisar, ya lo he dicho. Y resulta que incluso en la repostería puedes hacerlo. Otro topping, un relleno, chocolate blanco en vez de negro. Elegir los ingredientes en libertad es lo mejor. Ese placer incomparable el día que los comensales repiten. Tu receta ha triunfado.

(Si alguien quiere alguna de las recetas, no tiene más que pedírmela por FB o Twitter. 😛 )

Paperman

«Dar en el blanco es el resultado de noventa y nueve fracasos.»
(Ariel Andrés Almada – Los cerezos en diciembre)

The Artist y el mejor anime japonés. Son las primeras cosas que me han venido a la mente viendo esta maravilla titulada Paperman. Su protagonista parece salido de la pluma de Naoki Urasawa. Durante los 6 minutos que dura el corto, no se pronuncia ninguna palabra, pero está lleno de magia. De la de verdad. La unión perfecta de animación tradicional y 3D. Les ha costado pero lo han logrado.

Y de eso va la historia de Paperman. De intentarlo, intentarlo, intentarlo. Tantas veces que pierdes de vista el objetivo original. Para encontrar hay que buscar, pero también saber soltar a tiempo. Poner la suerte en movimiento, nunca forzar que el viento sople a tu favor. Fluir es avanzar y también confiar que ocurrirá algo bueno.

Siempre he admirado a esos amigos que tienen pareja estable con la que llevan años. Me gusta escucharles. Sin ir más lejos, hoy un amigo me contaba que se va a casar con su novio después de 12 años juntos. Es bonito oírles rebobinar a esos primeros momentos, cuando solo había corriente y una barca temblequeante y dos remos que no sabían bien cómo usar. Todos somos principiantes alguna vez.

Los que sabéis muy bien qué significa remar juntos, los que estáis cansados de lanzar aviones de papel, los queréis que os enseñen a bailar, los que creéis en la magia, incluso los que dejáis que de eso de la magia se encarguen los demás… Disfrutad todos del arte de Disney en estado de gracia.