Signals

Hay señales curiosas. Diseñadas para gente que no las necesita. Carreteras sin nombre, salidas de la autopista que solo se anuncian cuando ya llegas a ellas, destinos que al parecer hay que esconder a los no residentes. El otro día descubrí que en los andenes de FGC no había mapas. Solo cuando el tren llegaba, aparecían durante unos segundos las estaciones en las pantallas.

A mí no me importó. Fui descifrando las pistas y al final llegué a mi destino. Pero supe que quien se había encargado de diseñar las estaciones, no las utilizaba. Sano y salvo en su despacho, era alguien que no se había perdido jamás. Porque la gente, al perderse, agradece que la guíen. Tocar fondo y ahí encontrar una flecha de neón muy luminosa que apunta hacia la salida.

Por suerte, de tanto dar vueltas, los náufragos se fabrican sus propios faros. El cartel de una tienda nueva al girar la esquina, frases que te guiñan desde la página de un libro abierto al azar, canciones cómplices saltando en el reproductor cuando menos piensas en ellas. Y al convertirse en supervivientes, a los ex-náufragos les gusta compartir linternas con los recién llegados para que ellos encuentren los suyos.

Instant crush

De repente, un engranaje gira en tu interior y todo tiene sentido. Lo llaman flechazo. Vas por la vida cargado con tus prejuicios, tienes muy clara tu visión del mundo, lo que te gusta y lo que no, de ahí no te mueve nadie. Hasta que chocas con algo que te desarma. Y en esa sorpresa redescubres el auténtico sabor de la vida.

Algo así me pasó el otro día escuchando Random Access Memories, el último disco de Daft Punk. Me estaba pareciendo un soberano coñazo, la típica obra que se hace para lucimiento personal y no para disfrute del oyente. Pero antes de que perdiera la esperanza, llegó Instant Crush, en colaboración con Julian Casablancas, cuya voz vocoderizada hasta parecer riffs de guitarra tiene más emoción que casi todo lo que se ha lanzado en 2013 (Woodkid es mucho Woodkid). ¡Así sí!

And we will never be alone again
Cause it doesn’t happen every day…

Me sentí acompañado tarareando la letra. Y esa debería ser la función del arte. El escritor David Foster Wallace me lo confirmaba ayer por la noche en el libro de entrevistas con él que estoy leyendo. En la cama, aún tapado por el nórdico, sonreí al leer que le gustaban esos libros que le daban compañía, que le aportaban algo como ser humano en medio del caos. «La literatura o mueve montañas o aburre», decía él.

Plantearse la escritura, y por extensión el arte, y por extensión el amor, como un acto generoso, con el que pretendes que el otro encuentre una pieza perdida y crezca contigo. La complicidad de compartir ese mismo flechazo que tú sentiste para que el otro lo sienta. Por eso no paro de escuchar ese Instant Crush de Daft Punk y se lo pasé a una amiga. Nunca será single, pero para mí justifica el lanzamiento del disco.

Pure intuition

Un día te cruzas con algo que merece la pena enseñar a todo el mundo. Corres a coger la cámara, haces clic. La primera foto rara vez sale bien. Vuelves a intentarlo, qué rara queda ésta. Echas otra foto, y otra, y otra, y así hasta que al final, cosa curiosa, te das cuenta de que la mejor de toda la serie, la que captura la esencia de eso que habías visto, era la segunda. La rara. La que habías notado distinta, mejor.

Está bien no ser impulsivo y no quedarse con el primer resultado. Pensar las cosas un poco. Pero un poco es eso: un poco, ni una gota más. O de tanto darles vueltas a las cosas, acabas por olvidar aquello que pretendías. Sería como estar cambiando de cola continuamente en el súper, la tuya siempre irá más lenta.

Da un primer paso, sin pensarlo, a ver dónde te lleva. Solo cuando necesites descansar, entonces sí, párate, acostúmbrate al paisaje que te rodea, asimila cada hoja y cada camino, deja que tu instinto encuentre la mejor ruta para llegar a lo más alto y ya no dudes: sigue por ahí. Pronto habrás llegado. A la segunda va la vencida.

Yeh, yeh, yeh

Qué poder tienen algunas frases para arreglar la vida. Una frase es a veces lo único que recuerdas de una película y siempre te hace sonreír al recordarla; con ella, vuelven las miradas de los actores, escenas completas. Esa primera frase de un libro que te llevó a comprarlo. O la frase enterrada en la letra de una canción, no es la que le da título, solo es ese verso que el grupo ha escrito para ti, para hacerte compañía.

«Un no es la antesala del sí.» Me lo dijo el otro día un amigo y tenía razón. Cuando sales a navegar, el primer contratiempo siempre parece el último y definitivo. Pero la vida es un problema de matemáticas que acabarás resolviendo. Viene bien rodearse de amigos que te lo recuerdan. Paciencia. Hay siete palabras que abren cualquier puerta.

We got the power

Ayer compré croquetas caseras. Envasadas pero caseras. Hoy las estaba comiendo y me ha dado por pensar que no notaba el sabor de todas las cosas que llevan. ¿Te fijas en esas cosas cuando comes? La leche y la harina y la mantequilla y el pollo y la sal y la pimienta y la nuez moscada. Nada: un único sabor, están buenas.

Entonces, momento místico comiendo croquetas del Caprabo, he ido más allá y he pensado en toda la cadena de producción que había hecho posible que hoy las comiera. El ganadero criando los pollos, la mujer que cogió la masa y la rebozó, el recolector de especias, los transportistas, envasadores y reponedores, la cajera que te llama cariño desde el primer día. Todas las familias que dependen de ellos. Gente dispar, con sueños reales, todos unidos por esas croquetas que estaban de oferta.

Y cuando ha llegado el segundo plato, milagro. Masticaba sin pensar en nada, con los ojos perdidos en la portada del libro que iba a terminarme después de comer. Entonces he notado el sabor exacto de los tortellinis que estaba comiendo. La pasta, el pimiento, el calabacín, el tomate, el aceite y el queso. Un momento importante. No sé bien por qué. Somos muchas cosas, cada uno de nosotros, y estamos conectados. Por primera vez en mucho tiempo, he sentido el orgullo de pertenecer a este mundo.