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Encender la luz. Click, y todo se aclara. Un gesto al alcance de cualquiera pero que tan a menudo olvidas. Como si dar con el interruptor no fuese de lo más sencillo, como si tampoco fuera importante. Ese avanzar entre tinieblas lo conviertes en un juego aunque nunca vaya a ser uno divertido.

No quieres ser como ese bonito bar de Gracia que solo destaca de día, cuando nadie puede entrar a tomar uno de sus cócteles. De noche está lleno de modernos y turistas, pero ni siquiera ellos pueden apreciar las coloridas paredes. Favoreciendo la intimidad, los camareros mantienen las lámparas a medio gas, y así no hay quien vea los colores ni las sonrisas que tiene justo delante.

Te gustaría parecerte a la cantante que ayer deslumbró al público junto al puerto. No era Rihanna ni era Brequette pero podría haber sido ambas porque se lo creía. Sobre el escenario, lucía gestos de estrella: echaba la melena hacia atrás, se contoneaba, gemía. Pedía a los músicos que acompañaran sus gorgoritos y ellos lo hacían. Pedía a la gente que se acercara y todos se acercaban. Sí: ella cantaba bien y los demás aplaudían.

Te gustaría ser como las farolas del paseo nocturno. Recién instaladas, blancas. Iluminan un tramo antes oscuro y lo hacen con la luz más potente, porque nada ilumina tanto como una bombilla nueva. Ser como ellas, como la mariposa en llamas, como la luna llena. Brillar incluso de noche, alumbrarlo todo desde lo alto del cielo.

We can be heroes

La semana pasada vi cómo los egos empañaban varios proyectos colectivos en los que colaboro. Crearon pequeñas grietas que, como todas las grietas, irán ensanchándose con el tiempo. Supongo que es inevitable porque, al fin y al cabo, ni en grupo alguien puede dejar de ser uno mismo. Pero es una lástima.

No conoceréis a nadie más individualista que yo. Incluso egoísta, a menudo. Me gusta mi espacio y me gusta defender ante todo lo que es mío, sí, como a todo el mundo. Aun así, cuando me implico en un proyecto con más gente es para que todos ganemos. Un poco como ese sentimiento de colmena de los japoneses. Todos a una y una para todos.

Está claro que si participas en algo es para sacar algún beneficio para ti. Notoriedad, contactos, dinero. Nadie invertiría horas en nada si no obtuviera algo a cambio. Y que nadie se engañe: la realización personal también es un beneficio.

Tarde o temprano ves que el de al lado destaca más que tú. Y tienes miedo. De que pise tu terreno, de que en adelante te quedes diminuto y los demás te ignoren. Hasta que al final te das cuenta: lo bueno de pertenecer a un grupo es que cuando uno brilla, consigue que los demás brillen a su lado. Y además puedes transformar la envidia en ganas de superarte. «Yo también puedo hacerlo, y mejor que nadie.» Así mejoras tú y se fortalece el grupo. No seamos enemigos, sino héroes unidos.

Louder

Es mejor echarle morro. Lo vas aprendiendo sobre la marcha. Creías que era preferible la precaución. Dijiste que mejor que no viniera mucha gente a la fiesta: solo cabían 15 personas. Y vinieron justo esas: 15 y no más, y al verlas estuviste contento pero también supiste que querías más. Más para compartir y celebrar las cosas buenas. Como con la pasta, la cantidad exacta no la sabes hasta tenerla en el plato.

Es mejor echarle morro. Atreverte a pedir, a mostrar todo lo que puedes aportar. Te lanzas a la calle con la esperanza de que si alguien no te abre la puerta, lo hará el de al lado. Será por esa esperanza o por la sonrisa que usas a modo de chaleco antibalas, será por por lo que sea, pero al final no solo te abren la puerta. Te dan la bienvenida, te dan conversación, te dan nuevos hilos de los que seguir tirando.

Abrirse paso a gritos no está tan mal. Tú que no tenías voz ahora sostienes un megáfono. Y piensas utilizarlo. Antes de apretar el botón, bucearás en busca de las palabras correctas. Solo entonces apretarás y dirás, gritarás. Sí, es mejor echarle morro. Para que alguien te escuche y todos se enteren.

Don’t you want me

No eres exactamente tú, pero de tanto mirarte al espejo te acostumbras a imaginarte así. Como ese desconocido que el reflejo te devuelve. Más o menos os parecéis, aunque él siempre será zurdo y tú diestro. En cambio, las fotos y los vídeos muestran a una tercera persona. Con entradas más pronunciadas y algo más gordo, la nariz enorme por más que intentes no salir de perfil. Llegas a pensar si en realidad no serás así y tú eres el único que no se da cuenta.

 

Dicen en Evangelion que eres la suma de esas imágenes que los demás tienen de ti. Una visión distorsionada que a ti te aterra. Qué pensarán cuando fuerzas un chiste o te pillan en una contradicción, cuando escribes una frase más brillante que el resto. Disfraces momentáneos que engañan para siempre. Que emborronan la única verdad, tu identidad normalucha, la que llevas dentro y querrías mostrar pero no te ves capaz de hacerlo, al menos no de forma limpia y sincera.

Cada gesto es otro adorno. La naturalidad relegada por completo, como cuando te enfocan con una cámara, sí: de repente haces caras extrañas sin pretenderlo. Lo que pensabas que sería una sonrisa los demás lo han visto quizá como una mueca psicópata. Por suerte la cámara no lo capta, solo capta una boca torcida, medio oculta detrás de otras cabezas. La sonrisa convertida en trazo y la identidad en naufragio. Si ni siquiera el espejo se pone de tu parte, nunca podrás estar seguro de ser quien crees.

Set fire to the rain

Salí del cine y llovía. Acababa de ver una película que me había encantado, incluso inspirado, pero la noche me recibía así. Transformando las gotas aisladas de la tarde en un chaparrón. Bajo el porche del acuario, los demás esperaban pacientes a que amainase. Yo tuve que echar a correr porque no me quedaba otra. Tenía que llegar a tiempo para el último metro, a tiempo de cenar a una hora decente. Solo haces locuras cuando el reloj aprieta.

Me empapé enseguida. Era una lluvia fría como todas las lluvias de invierno, una lluvia fina y constante que me iba calando sin darme cuenta. Luego me secaría el pelo con la manga del abrigo, pero en ese momento solo pensaba en cruzar el puente por el camino más corto, esquivar charcos, desear que los semáforos se pusieran de mi parte. Corrí hasta que me faltó el aliento.

Y eso no tardó en ocurrir porque no estoy acostumbrado a correr tanto. Bajando el ritmo, pareció que la lluvia también disminuía. Los círculos que se dibujaban en el mar desmentían esta impresión, pero sí, yo noté menos lluvia. Como los samuráis, me había hecho a la idea de que iba a mojarme y lo disfrutaba. Mejor eso que protestar en vano.

Alcé la cara para recibir las gotas con la boca abierta. Y allí en lo alto vi una mariposa. Una mariposa de fuego enorme, quieta, brillando a pesar de toda el agua que caía contra ella. La mariposa resistía. Y a pesar de toda el agua que caía contra mí, sonreí al verla. Ya en la estación, justo entonces se abrió el ascensor que baja al vestíbulo y lo cogí por primera vez en mi vida. Bajé, me sequé, esperé, leí. Llegué a tiempo.