FIN…

Alivio. Un amigo me preguntaba el otro día qué fue lo primero que sentí al terminar de escribir mi novela. Podría haberle dicho: orgullo, alegría, satisfacción, liberación… y todo eso sería verdad, en parte. Pero sobre todo sentí alivio. No era para menos: después de dos años sin pensar en otra cosa que esos personajes, esa historia, ese mundo, por fin podía pasar página.
«Typewriter and Heart» de Mikel Jaso.

Escribí la palabra «FIN» en la última página y me fui a dormir, aliviado. Eran las 6:52 de la mañana. Tan ilusionado estaba con haber terminado mi primera novela, pensé que lo demás vendría rodado. La llevaría a registrar, podría dejarla leer a los amigos, la mandaría en un paquetito a diversas editoriales, y alguna la leería y querría publicarla cuanto antes. No tuve en cuenta que las cosas nunca son tan fáciles.

Quedaban (quedan) muchas etapas por superar. Porque al terminar de escribir un libro, empieza otra aventura: la de darlo a conocer. Al fin y al cabo, todos escribimos para que nos lean. Y la aventura de publicar a menudo se vuelve odisea, tan desorientado y abrumado te sientes cuando las puertas se cierran y no sabes por dónde seguir. En esos momentos, siempre he agradecido encontrar a otros escritores y otras escritoras que en blogs, foros, webs compartían sus experiencias. Sus primeros chapoteos en el mundo editorial.

De ahí la decisión de abrir este blog. Para contar mi viaje. Cómo contacté con editoriales y agencias literarias, cómo y por qué escribí El mar llegaba hasta aquí, compartir citas que me han inspirado últimamente, comentar noticias de otros autores enfrentados a su debut, etc. Todo lo que no cabía en Sombras de neón. Todavía no sé si este viaje tendrá o no el ansiado final feliz. Mientras se resuelve la incógnita, me apetece contar aquí cada etapa.

Lo más curioso es que mi propia novela ya me avisaba de esa odisea a la que me enfrentaría. El primer capítulo empieza así:

Un portazo, una maleta y un rellano. Así terminan todas las historias. También la mía con Pablo. Lo más difícil, dejarle, ya estaba hecho. Con ese paso, empezaba un viaje sencillo: solo tenía que salir a la calle de nuevo y atravesar esa lluvia que no terminaría nunca. Llegar a alguna parte. Se escuchaba todavía el eco de nuestros gritos a lado y lado de la nevera, pero acabarían desapareciendo, lo sabía muy bien. Se evaporarían igual que los besos de buenas noches y las ganas de viajar, porque sí, en eso nos habíamos convertido Pablo y yo, al final, una historia, otra más. Siete años de relación que en adelante se podrían resumir con un par de frases, antes de cambiar de tema.

Y ahora qué, me pregunté al mojarme.

En esas estamos. ¿Y ahora qué?