David Nicholls : Siempre el mismo día

Leer un libro después de haber visto la película es extraño. Más extraño que volver a un libro que ya habías leído. La historia es la misma, pero ahora no solo conoces las caras que se esconden tras las palabras, también las voces. He leído las frases de Emma con la voz de la dobladora de Anne Hathaway. Era como ver los vídeos de las vacaciones de dos amigos después de que ya me las hubieran contado. Me desconcertaba cada cambio, entre lo que yo recordaba (de la película) y lo que ocurría de verdad (en el libro)

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Pero me ha gustado el viaje. El libro me lo podía llevar a cualquier parte. A la playa, sobre todo. Y me gustaba notar el gramaje de las páginas, su textura bajo el sol, que cada día se amarillearan un poco más y que al sacar el libro de la bolsa, ya en casa, sus esquinas siempre hubieran cogido un poco de humedad de la toalla. El desgaste del tiempo, el mismo por el que pasan Emma y Dexter.

Esta amistad a través de los años ha vuelto a golpearme. En el cine porque entonces la sentía cercana y en la toalla porque ahora venía desde otra galaxia. De una realidad alternativa. Y qué tonto te ves desde lejos. Qué tonta es Emma pero cómo la entiendes. Al terminar, me sequé y volví andando por otras calles que aún no había visto.

«-No, en serio, ¿qué pasó?
-Que te conocí. Tú me curaste de ti.»

La diferencia entre la fe y la ciencia

La primera vez te sale natural. No piensas en nada. Sientes. Te dejas arrastrar, improvisas en milésimas de segundo. Salen solos los gestos, se desliza el pincel sobre el papel de arroz, brota lo que no sabías que estaba ahí. Eres capaz. Una sorpresa lleva a la siguiente. Ni siquiera tienes tiempo de pensar: «Qué fácil».

Fotografía: First Place de Wagner Araujo.

Piensas después, viendo el resultado. Lo bien que te salió, y qué fácil parecía mientras lo hacías. Tan fácil que podrás recrearlo. Dispones la mejor hora para hacerlo, relajas los músculos, pones música tranquila, algo de Enya, y enciendes una barrita de tu incienso favorito. Coges el pincel. El pincel más cómodo. Respiras hondo. Hoy, contra el papel, estudias tus gestos en un intento de recuperar aquella naturalidad que tan bien recuerdas. Pero era una pluma mecida por el viento: puedes cogerla una vez y no otra. Repites, repites, repites y cada vez te notas más mecánico. Eres consciente de cada músculo, cada articulación que hay que poner en movimiento. La técnica mató la intuición La semilla sigue en alguna parte, lo sabes, pero no das con ella. Lo mejor que consigues es una parodia. Quizá otros no lo noten, pero tú sí. Ese trazo tieso, esa arruga donde no tocaba. Te conformas con la imitación, qué remedio.

Un día tendrás la mente en otra parte. Te moverás por moverte. Y lo encontrarás sin pretenderlo. Al vuelo. El tiesto para que brote la semilla. Y otra vez se sentirá fácil. Una nueva sorpresa que te lleva a la siguiente.

La carretera

La página en blanco. El hombre del saco de cualquier escritor. Incluso hablar de ella da miedo. Esta entrada, por ejemplo: primero he tenido que buscar el título y la fotografía de acompañamiento, demorar el momento en que empezara a aporrear el teclado y el recuadro de edición dejara de estar en blanco. Hablar de la página en blanco para llenarla es un viejo truco. A veces hasta salen buenas novelas por el camino, que se lo pregunten a Stephen King.

La página en blanco es un desierto y hay que transitarlo. Cuanto antes lo asumes, antes te pones en marcha. Durante mucho tiempo me negué a aceptarlo, tenía tal pánico de fallar que prefería ponerme a hacer cualquier otra cosa. Porque no soportaría escribir algo malo. Con el paso de los años, acercaba imparable el cambio de década, los 30 en el horizonte. Los personajes ya no luchaban con tanto empeño en mi cabeza, muchos hasta se cansaron de darme patadas en el cráneo. No sé si murieron o bien saltaron hacia la mente de otro escritor más valiente. El caso es que ya no estaban. Ya no hablaban. Los supervivientes que se quedaron conmigo merecían nacer. Se lo debía.

¿De qué iba a escribir? Si llevaba tanto tiempo sin hacerlo. Entre comillas, claro: el blog Sombras de neón no se escribía solo. Pero diseñar toda una historia, planificar escenas, diálogos, dar aliento a personajes hechos de palabras… eso eran palabras mayores. Hasta que me di cuenta de algo: no me costaba nada anotar cosas en los cuadernos. El miedo me lo daba la pantalla de ordenador. Tan blanca y luminosa, tan amenazante, circuitos más sabios que yo. Me miraba con desdén. Los cuadernos, en cambio, se abren cuando quiero y me permiten mancharlos a voluntad. Así que compré uno nuevo para empezar el manuscrito. Esperé días y días, a que llegara el momento oportuno.

Y el momento oportuno llegó con unas frases que leí en un blog. Decían algo así: «Es preferible escribir algo malo y tener que corregirlo después. Con una página en blanco no puedes hacer nada.» Disparo de salida. De repente, el miedo a la página en blanco se transformó en miedo a dejar en blanco las 180 páginas de mi cuaderno. Eso sería mucho peor. De lo que escribí entonces a lo que finalmente estará en la novela, va un largo trecho de correcciones y revisiones. En los cuadernos (llené dos), solo moldeé el barro. Pero en ese barro estaba la semilla. Ahora, cuando releo aquellos cuadernos, sonrío ante la ingenuidad de una historia que aún estaba abriéndose paso, todas las escenas que al final no llegaron a ninguna parte. A algunas les tengo cariño. No tenían cabida en la novela, pero cumplieron su función de llenar la página en blanco. Que las musas te cojan trabajando, dicen. Quizá más adelante estas escenas eliminadas se conviertan en relatos, quién sabe:

Me hizo esperar en el comedor mientras ordenaba la habitación. Observé el orden escrupuloso, los libros de arte exhibidos para que la gente los viera mientras esperaba. Nadie los había hojeado jamás, ni una huella en las portadas. La mayoría eran de la editorial Taschen, así que tampoco se habrían gastado mucho en la decoración del piso. Había un buda gigante entre la entrada y la puerta de la cocina. Me imaginé a todos los que vivían en aquel piso tropezando una y otra vez con el maldito buda, debían de mascullar con cada tropiezo. Y el buda impasible a tanto ajetreo. Iñaki seguía ordenando la habitación, llegaban ruidos de mantas y cojines desde el pasillo. Tantas energías invertidas en algo que no era una cita pero tampoco un buen polvo.

La mayoría de escenas sobrevivieron. En los cuadernos son un ensayo de sus versiones definitivas, con todos los andamios a la vista y los actores sin maquillar. Qué adolescente me veo en esas frases de mi puño y letra, y no hace ni dos años que las escribí. También me sorprenden, aquí y allá, frases de las que sí estoy orgulloso, chispazos que permanecen en la novela terminada. Como todo lo demás, llegaron cuando puse el bolígrafo encima del papel.

No hay otra manera. Maté la página en blanco saltando al vacío. Más que valentía lo llamaría inconsciencia. Y a veces el vértigo jugó a mi favor. Hubo días que estaba tan inspirado que se me acababa el papel, escribía en los márgenes, con letra cada vez más pequeña, flechas para seguir el rastro. Y las palabras seguían fluyendo. Me pareció increíble que antes tuviera yo tanto miedo. Quiero seguir haciendo esto. Escribir, escribir, escribir.

Le vent nous portera

Te gustaría vivir en París. Una buhardilla pequeña desde la que, para cumplir todos los tópicos, verías a lo lejos la Torre Eiffel. Estaría en un barrio poco concurrido, alejado del centro. Así atravesarías la ciudad a pie cada mañana. Nunca cogerías el metro, menudo sacrilegio en una ciudad donde todas las calles son bonitas.

Te gustaría vivir en París. «Algún día», le dices a un amigo al llegar a la playa. Lo dices por decir, uno de esos planes irrealizables pero muy meditados que un día, sin más preámbulo, salen a la luz. En París ya estuviste hace 10 años, pero ahora irías de otra manera. Te patearías los museos y las placitas con cafés alrededor y los rincones escondidos que entonces pasaste por alto. La librería Shakespeare and Co, junto al Sena. Y antes aprenderás francés. Que no vuelvan a poner los ojos en blanco los camareros al recurrir al inglés incluso para una mísera Orangina.

Te gustaría vivir en París como te gustarían tantas otras cosas. Ríes. Qué tontería. Bajáis del coche, cogéis los bártulos. De camino a la playa, sobre un banco, alguien ha abandonado un libro. Vuelves a verlo horas después, cuando ya os vais un poco más morenos. Nadie lo ha cogido. Lo coges tú. Y es una novela en francés, claro. Para que vayas practicando. El título: «L’inespérée». Lo inesperado.