Nadie mejor que tú

Tienes un superpoder. Darle forma a las cosas que piensas. Por ejemplo, si un día te tomas mal un comentario, le sacas punta, te emparanoias, ves fantasmas, fantasmas que al final se hacen reales por culpa de ese mismo miedo que tenías de verlos. Como cuando de críos jugabais a la ouija y llegaba un punto que ya os creíais cualquier cosa. Todo era real.

Lo bueno del superpoder llamado autosugestión es que también se puede utilizar para otras cosas. Cosas buenas. Para tener un buen día, pase lo que pase: decides tenerlo y vas a trabajar con una sonrisa y no la pierdes en ningún momento, hasta que por la tarde todo se ordena y disfrutas de la playa con los amigos.

Empiezas a darte cuenta de que es así de fácil. Las cosas te sientan tal como estabas predispuesto a que te sentasen desde el principio. Hay gente que prefiere verlo todo en blanco y negro y gris. Tú prefieres los colores.. Toca utilizarlos para hacer vibrar este verano. Pudiendo ser feliz, ¿por qué no serlo?


Atraes nimiedades: no gastar mas de 20 euros, tener un día más de fiesta, poder cenar fuera, descubrir una frase clave en ese libro que tenías olvidado en la mesilla. Es un comienzo. Ya llegarán las grandes gestas.

Henning Mankell : Asesinos sin rostro

«Hay un tiempo para vivir y otro para estar muerto.»

Reconforta leer novelas así en los tiempos que corren. Donde capturan a los criminales y los condenan, aunque tarden meses en hacerlo. Parece que es una constante de la novela policíaca sueca, al menos de las que he leído. Como en Los hombres que no amaban a las mujeres, el ritmo de investigación es pausado, se adapta al entorno inhóspito y solo cuando el tiempo mejora, llega la luz. Pero llega, que es lo importante.

Kurt Wallander es un detective peculiar. Aunque ya me lo habían dicho varias veces, no lo he constatado hasta ahora. Es de esos hombres rudos que no dudan en desnudarse ante el lector. Te cuenta sus sueños, dudas, contradicciones. El caso policial sirve de excusa para ahondar bajo la piel de Wallander y de paso conocer las miserias que esconde Suecia.

Acostumbrado a las deducciones de Sherlock Holmes, confié con adelantarme al final. Enseguida elaboré mi teoría. Pero Wallander prefiere guiarse por la intuición. Eso no siempre le lleva a calles con salida; aun así, él no se da por vencido, investiga e investiga, busca resquicios, tira de todos los hilos, y por fin da con lo que buscaba.

En definitiva: Asesinos sin rostro, el primer caso de Kurt Wallander, es una buena lectura para el verano. Para este verano, especialmente, cuando parece que los criminales se salen con la suya y los demás nos quedamos indefensos y a la deriva. La justicia acabará llegando, de una manera u otra. No estará de más recordarlo tumbado en la playa, relajándote en busca de una salida. Entretenimiento con sustancia.

La seguridad y la justicia no significan solamente que se castigue a las personas que hayan cometido crímenes. Igual de importante es que nunca nos demos por vencidos.

Take a look at the world

Te bajas un disco y piensas ya en el siguiente que escucharás. Una vez; suficiente para puntuar con estrellas las canciones que te gusten, y quitar las demás. Placer inmediato. De esto hablaba el otro día con un amigo. Con tanto por escuchar, parece que no haya tiempo para degustar un disco y dejar que te cale poco a poco.

¿Cuánto tiempo dedicas a contemplar una foto de Instagram o Tumblr? Apenas dos segundos, lo que tardes en darle al corazón. Te pasas media vida bajando la barra de desplazamiento, pero no te quedas quieto ni cuando una foto te gusta especialmente. Hay tantas que no has visto que igual la siguiente es más bonita. ¿De verdad importa?

Leía el otro día la experiencia de una profesora de Historia del Arte que desafiaba a su alumnos a contemplar durante 3 horas un único cuadro. Dedicarle toda su atención. Tenían que entender que no era una pérdida de tiempo sino una inversión. Solo así llegaban a captar nuevos matices de la obra y comprenderla a un nivel íntimo.

Escuchar el mismo disco durante varios días, dedicar cinco minutos a una foto de Instagram, releer una y otra vez ese párrafo que te ha gustado de un libro cualquiera. Acabar descubriendo que una puesta de sol es mucho más que el sol escondiéndose tras la montaña: también es el viento que refresca, los edificios cambiando de color, poco a poco cubiertos entre sombras, y entre ellos brotando las farolas como estrellas, los coches como cometas, las ventanas como puertas a otros mundos.

Aitor Villafranca : Zodiaco

«Lo importante es que vuelvas a disfrutar de la vida.»

Esta novela es un espejo. Por eso, no me extraña que aparezca un espejo en portada. En apenas 72 páginas, te enfrentas a tus deseos ocultos, obsesiones, decisiones tomadas (o no). Te reconoces en Leo, ese hombre que ya no se reconoce a sí mismo. Y lo ves todo tan claro que te revuelves en la silla.

El gato es de los personajes más importantes de la novela. Tampoco es que haya muchos más. Aitor Villafranca es tan hábil que con pocos ingredientes y un único espacio, construye una novela de tensión creciente. No la puedes soltar, tienes que saber por qué se ha titulado cada capítulo con ese símbolo del Zodiaco y no con otro, qué será de Leo, si descubrirá por qué los vecinos sueltan su nombre al follar, si esa verdad le hará libre.

Como si Kafka y Murakami coincidieran en la cama. Del primero, tiene la atmósfera enfermiza y la carga simbólica. Del segundo, esa realidad urbana con las puertas abiertas a lo extraño. Un cóctel intenso que a Aitor le valió para ganar el premio Narrativas Oblicuas 2011. Como en la vida misma, aunque no siempre sepas verlo, en Zodiaco no falta ninguna página, no sobra ninguna palabra.

 

Si ya con su primera novela ha logrado una obra tan interesante, me intriga lo que pueda deparar este escritor en el futuro. Hasta entonces, habrá que saciar la sed leyendo los relatos que comparte en su blog Todo lo que te conté (cuando ya no estabas). Le deseo todos los éxitos. Y le doy las gracias por demostrar que, con empeño y confianza, se consigue.

Javier Montes : Segunda parte (2)

Conviene releer. Volver de vez en cuando a un libro y permitirle al autor que te coja de la mano en ese segundo viaje. Con la relectura, llega la sorpresa. Nuevos detalles en las páginas, cabos de repente atados. Y sobre todo, el descubrimiento de cuánto has avanzado desde la primera vez. El disfraz de la ingenuidad de quien ahora sabe más.

Eso me ha ocurrido con Segunda parte. Lo leí hace más de dos años; entonces, estaba a punto de irme de una casa sin haber encontrado otro puerto todavía y esta historia me gustó pero también me supo a poco. No encontré las respuestas que buscaba. Porque el libro no va de nuevas oportunidades ni de nuevos principios, sino del purgatorio que les precede.

Javier Montes escribe muy bien. Ya lo supe en 2011, y he vuelto a confirmarlo ahora. Deslumbra la naturalidad de sus frases, tan bien construidas que no parecen construidas. Cómo repite las palabras sin que te des cuenta de que las repite, cómo consigue que entiendas lo que solo ha sugerido, de cada gesto extrae una forma de vida.

Opciones, disyuntivas, decisiones. Javier Montes las analiza con maestría. Ahora he entendido el juego de personajes, lo justificada que está cada escena. Madrid en el cénit del verano le sirve para avisarte de lo que podría llegar a ocurrir si te enredas en la maraña de la melancolía. Las respuestas ya las sabías, por eso no las viste. Solo lo entiendes después, cuando ya has sobrevivido, y desde tu mirador privilegiado, te alegras de haber tomado las decisiones que tomaste. En la primera lectura, se quedó en un deseo difuso, pero ahora sabes que el protagonista también eligió bien.