El hueco #36

Tu risa se expande por el desierto y con ella el verde regresa por un instante. Tras las ruedas del coche aparece un rastro de hierba, a ambos lados brotan hileras de árboles renacidos que mueren enseguida, como muere una carcajada en mitad de la nada. Por un momento creía que podríamos rescatar esa vida que nos contaron, pájaros saltando de rama en rama una mañana de finales de invierno con un sol que no abrase. Enseguida la arena rojiza se impone de nuevo. Y con ella, los troncos calcinados, los postes de electricidad torcidos, esqueletos de animales en los arcenes y las columnas de humo emergiendo de la tierra. Jamás había buscado la risa y ahora será lo único que persiga a lo largo de esta carretera infinita. Me gusta ser yo quien te la provoca, no ser quien custodia la risa sino quien la libera. Voy a forzar comentarios jocosos de vez en cuando para crear juntos destellos verdes en el paisaje. Quizá si siempre riéramos, el mundo volvería a ser como antes.

Fotografía: Théo Gosselin.

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El hueco #37

—Todos tienen una idea de mí y no sé cómo demostrarles lo equivocados que están. Contigo por fin puedo decirlo: no siempre sonrío.
—¿Ah, no? Déjame decirte que desde que te conozco no has dejado de hacerlo.
—Y a veces tengo días malos, también. Días terribles. Y pienso en sexo tan a menudo que algunos días solo pienso en eso.
—¿A todas horas?
—Y en todas partes, no lo sabes tú bien. Tanta energía gastada en algo que podría solucionar en diez, quince minutos a lo sumo.
—¡Qué generoso!
—A menudo cocino pensando en la paja que me haré después. Por la calle, los ojos se me van a los paquetes de los tíos. Calibro el bulto en el pantalón de chándal.
—Pero con disimulo.
—Eso siempre. De reojo. Y aunque les vea acariciando la mano de su novia, fantaseo con que me espía. Esa fantasía me asusta: quizá se darán cuenta. Pero no dejo de preguntarme si estarán pensando lo mismo, imaginándose también una escena sexual por la calle. No necesariamente conmigo; con quien sea. Eso me intriga. Saber si los demás llegan a pensar en sexo tanto como yo o no.
—¿Y todo esto no se lo contabas a nadie?
—Qué va. Quienes me conocían me habrían mirado todos como un depravado. “¡Es un guarro! Solo piensa en sexo”, dirían a mis espaldas. Por eso tengo tan ensayada mi cara de niño bueno. Para que nadie sospeche.
—Es curioso cómo te tienes por alguien autosuficiente, al margen de todo y de todos, cuando en realidad lo que más te preocupaba entonces, y sospecho que no ha cambiado, era lo que pensaban los demás de ti. Nadie te pedía fingir ser un santo.
—Tú ahora no me lo pides, pero la gente… La gente…
—¡A la mierda la gente! Joder, les hemos dejado atrás pero hablas tanto de ellos que parece que aún los llevemos en el coche.
—En cualquier momento se asomará alguien desde el asiento trasero.
—Hablo en serio.
—Yo también. Perdona. Cuando conozco mucho a alguien, tengo la sensación de que acabo por actuar como él espera. Como si viera proyectada la imagen que esa persona tiene de mí y actuase en consecuencia. Queriendo ser como ese espejo. Pero está bien. Te prometo que ya mismo dejo de hablar de nada que no seamos tú y yo.
—Puedes hablar de otras cosas, también. De los discos que querrías haber traído, por ejemplo. Me gusta escucharte, no pienses lo contrario. Conmigo puedes hacer y decir lo que quieras, lo sabes, ¿verdad?
—Es que contigo es distinto. No eres solo “una persona”.
—Hombre, muchas gracias.
—Me refiero a que eres más que eso. Aunque si lo piensas, tampoco nos conocemos tanto….
—¿Te gustaría que nos conociéramos mejor? ¿Eso quieres decir?
—Sí. No, creo que no. Porque ya está bien así. Nos conocemos lo justo para estar cómodos, pero seguimos conservando parte de misterio. Eso me gusta. Me relaja. Tienes razón, contigo no tengo nada que interpretar.

 

Fotografía: Théo Gosselin.

El hueco #38

Enseguida nos habituamos a los volúmenes del coche para evitar tocarnos. Es lo primero que hacemos, de hecho: aprender a respetar el espacio del otro incluso con las sacudidas que van llegando, conocer los obstáculos que nos separan. El freno de mano y una lata de Coca-Cola olvidada. Reprimo mis ganas de rozar tu rodilla o tu mano como si no las buscara. No puedo convertir la búsqueda en accidente. A ti, en cambio, no te cuesta permanecer muy quieto al volante, la mirada tan fija en el horizonte que logras convencerme de que algo acabará apareciendo. Cuando cambias de marcha para tomar una pequeña pendiente, fantaseo con que tus dedos se escaparán hasta mi pierna. En vez de eso, regresan siempre al volante. Es más seguro así, lo acepto. Tiene que ser así. A ti ni siquiera te perturban los carteles que de vez en cuando rompen el horizonte liso; yo sí los sigo para asegurarme de que no aparecen nuestros retratos. Solo anuncian viviendas para familias sonrientes que persigo hasta que se funden con el paisaje. Entonces mis ojos vuelven a ti. Desde mi asiento, me conformo mirándote mientras no me miras. Con el pelo recogido en lo alto y esa camiseta azul índigo contrastando con tu barba rubia, pareces un samurái capaz de recitar algo en francés. Sé que no eres una estatua porque si te hablo mueves los labios.

Fotografía: Théo Gosselin.

El hueco #39

—Me harté de acumular nombres que no servían para nada. Así que dejé de preguntarlos.
—¿Por eso no me has preguntado el mío todavía?
—Contigo es distinto. No lo necesito. Es como un nuevo inicio. Nuestros nombres eran lo único que nos quedaba de antes. Ahora ya no importan.
—A mí sí me gustaba saber los nombres. Estarás de acuerdo conmigo que no sería lo mismo estar con un Sergio que con un Eustaquio, ¿no?
—Estuve con tantos Sergios que no les podría poner cara a ninguno. De un Eustaquio me acordaría, eso seguro. Y de los anónimos, recuerdo cómo se movían, el color de sus ojos, el lunar en el antebrazo al arremangarse su jersey rojo.
—¿Crees que sería distinto si tampoco tuviéramos pasado? Si nunca habláramos de él como no hablamos de los nombres.
—Lo hemos dejado atrás. Es prácticamente lo mismo, creo.
—No, porque aún arrastramos sus consecuencias. ¿Cómo seríamos ahora sin sufrir por todo lo que hicimos, por todo lo que nos hicieron? Sin todo ese peso.
—Más ingenuos. Y no sé si me gustaría, también te lo digo. Partiendo de cero, quizás nos permitiríamos disfrutar más, pero también cometeríamos más errores. Y sobre todo, no estaríamos aquí.

Fotografía: Théo Gosselin.