Diario de creación 5: Revisar es borrar para mejorar

Théo Gosselin

En alguna parte leí que todas las frases que borras durante la revisión de un texto, continúan notándose en él y mejorando las que sí dejas. Como fantasmas que en vez de asustar al lector le susurran cosas que él mismo desconoce, pero siente. Fue uno de los mejores consejos que he leído.

Antes, hace ya muchos años, pensaba que la clave de revisar un manuscrito era añadir todas las ideas que me dejaba en el tintero. Acababa con monstruos de Frankenstein kilométricos y aburridos. El borrador de El mar llegaba hasta aquí llegó a sumar 130.000 palabras y todos los primeros lectores coincidieron en que algunos tramos se hacían algo largos. Ahí me atreví a la locura de condensar algunos capítulos y eliminar escenas enteras: comprobé que aquel consejo que había leído tenía razón. Sin algunas partes, de repente las que sí mantenía ganaban fuerza, cada frase cobraba mayor importancia. El texto final quedó en unas 80.000 palabras, casi 300 páginas impresas. Hoy en día, creo que me atrevería a una versión más escueta de la misma historia, pero así salió entonces porque así escribía el Alex de entonces.

Para el siguiente proyecto, me propuse lograr una novela breve, como las que me gusta llevarme a la playa en verano. Libros que te puedes leer del tirón, de una sola sentada, cortos pero impactantes porque durante unas pocas horas solo existen ellos y tú dentro, sin hacer otra cosa que interrumpa lo que sucede entre sus páginas. Además, escribir El mar llegaba hasta aquí me había dejado exhausto y creía que una novela breve sería más sencilla. Error.

En primer lugar tuve que enfrentarme a dos primeros manuscritos de El vacío que dejan las estrellas: uno de 45.000 palabras y otro de 60.000, con notables diferencias entre ambos, distintos desarrollos, algunas escenas complementarias, otras que ofrecían variaciones de un mismo hecho… Logré condensarlos en un borrador intermedio de unas 50.000 palabras. Pero cuando decidí cambiar el punto de vista e insuflar un tono más optimista a esta distopía, tuve que volver a empezar. El último borrador quedó en unas 30.000 palabras. Me pareció demasiado corto, pero pensé que si lo necesitaba siempre podría rescatar escenas de la anterior versión que tenía en el cajón.

Diez años después, todavía me daba miedo eliminar. Quizás será algo que me pase siempre: el primer instinto nos dice que hay que añadir palabras, no restarlas. A medida que fui ordenando y revisando el último borrador, me sentí tan cómodo con la historia, que probé a eliminar algunas escenas que aletargaban el ritmo de la historia. Así la huida de mis personajes mejoraba. Dejando solo las escenas imprescindibles, la narración se convertía en una especie de flashes rápidos y casi autoconclusivos que casaba muy bien con la urgencia que buscaba, con los capítulos cortos y los diálogos insertados entre ellos.

Para no caer en tentaciones, borré el anterior borrador del ordenador. Trabajé solo con el último manuscrito pasado a limpio, salvando siempre, eso sí, las escenas que no iba incluyendo por si finalmente las tenía que incluir. Durante los primeros 30 días de confinamiento, ordené y revisé escenas, procurando hacerlas lo más breves e intensas posibles. Confiaba en el poder de los haikus, que ahora son mi tipo de poesía favorita porque en apenas 17 sílabas consiguen condensar todo un universo y transmitir mucho más que otros poemas llenos de florituras.

Así que podé, corté, resumí, sinteticé… Dejé solo lo imprescindible, las escenas que necesitaba para contar esta historia y ninguna más. Cuando llegué al final del trayecto previsto, me di cuenta de que después de la palabra FIN aún sobraban muchas palabras, todavía esperando por si me decidía a incluirlas, pero no tuve miedo de eliminarlas. Mis personajes habían llegado adonde yo quería. La versión definitiva quedó en 20.000 palabras. Serán unas 120 páginas cuando lo imprima. Justo la extensión de los libros que más me gustan.

Ahora, cuando releo partes de mi nueva novela, puedo sentir todavía el peso de las frases que ya no están. Suena extraño pero creo que, sí, es cierto, su ausencia enriquece a las frases que siguen aquí. Quizás de eso trataba el título, de este aprendizaje. Cuando pierdes el miedo a desprenderte de algo porque ya tienes todo lo que necesitas.

Ya puedes comprar la versión digital de El vacío que dejan las estrellas, disponible para Kindle, móviles, tablets, iPhone e iPad. ¡Ojalá te guste!

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