El vacío que dejan las estrellas (12)

—Lo que más me preocupaba era que se me notara. Intentaba contenerme, sobre todo cuando interactuaba con otros, pero al final me daba cuenta de que ellos conocían unos protocolos que me eran ajenos y ahí me bloqueaba.
—Ese momento de “¿Se habrán dado cuenta?”. Me suena.
—Sí, las dudas, mirarle a los ojos para reconocerme o no en la mirada del otro.
—El vértigo, yo lo llamo el vértigo. Escribí una canción con ese título.
—La posibilidad de que me delatase, de que se quisiera adelantar a mí en caso de que yo quisiera delatarle. Lo que ocurriría después.
—¿Controlabas tus gestos, tu forma de hablar? A mí me daba igual. Quiero decir: me asustaba, ¿a quién no?, pero lo llevaba al extremo. Una vez me teñí el pelo de azul
—¡Qué dices!
—De azul, a juego con las uñas. También me las pinté. Y esos días, cada vez que subía al escenario, mientras el tinte aguantó, no sentí miedo. Te lo juro.
—Bueno, eras cantante, ya contaban con que saldrías raro. Además, pensarían que alguien que de verdad fuera como nosotros jamás se atrevería a ser tan descarado.—Puede ser. No lo había pensado así, la verdad. Simplemente lo hice.
—Yo no habría sabido ser tan valiente, ni siquiera hoy podría.
—¿Me habrías delatado? Quiero decir: con el pelo azul. Si me hubieras visto.
—Creo que habría tenido miedo de mirarte, de que me lo notaran si se me iban los ojos. Bastante tenía con mis manos.
—¿Tus manos? ¿Qué les pasa?
—¡Como si no te hubieras fijado! Que me mariposean más de la cuenta. Lo odiaba, siempre lo odié. Intentaba moverlas lo menos posible para que no me delatasen.
—De verdad que no lo he notado.
—Me daba rabia, por más que me esforzara en cambiar o ser otro, a la hora de la verdad solo conseguía que se formaran una idea equivocada de mí y encima no podía demostrarles lo equivocados que estaban. Contigo por fin puedo decirlo, no siempre sonrío.
—¿Ah, no? Desde que te conozco no has dejado de hacerlo.
—Y a veces tengo días malos, también. Días terribles. Y debajo de la máscara pienso en sexo tan a menudo que algunos días solo pienso en eso.
—A todas horas, ¿no?
—Y en todas partes, no lo sabes tú bien. Tanta energía gastada en algo que podría solucionar en diez, quince minutos a lo sumo.
—Qué generoso…
—A menudo cocinaba pensando en la paja que me haría después. Por la calle, los ojos se me iban a los paquetes de los tíos. Calibraba el bulto en el pantalón de chándal.
—Pero con disimulo, ¿eh?
—Eso siempre. De reojo. Pero aunque los viera con su novia no dejaba de preguntarme si ellos estarían pensando lo mismo, imaginándose también una escena sexual por la calle. No necesariamente conmigo; con quien fuera. Eso me intrigaba, saber si los demás llegaban a pensar en sexo tanto como yo o no.
—¿Y todo esto no se lo contabas a nadie?
—Qué va. Quienes me conocían me habrían mirado todos como un depravado. “¡Es un guarro! Solo piensa en sexo”, dirían a mis espaldas. Por eso tengo tan ensayada mi cara de niño bueno. Para que nadie sospeche.
—Es curioso: te tienes por alguien autosuficiente, cuando en realidad lo que más te preocupaba y preocupa es lo que pensamos los demás de ti. Nadie te pedía fingir ser un santo.
—¡Tú ahora no me lo pides! Pero la gente… La gente…
—A la mierda la gente. Joder, hablas tanto de ellos que parece que aún los llevemos en el coche.
—Sí, en cualquier momento se asomará alguien desde el asiento trasero.
—Hablo en serio.
—Yo también, perdona. Y además, no te equivocas, siempre que conozco a alguien, acabo por actuar como él espera. Como si viera proyectada la imagen que esa persona tiene de mí y actuase en consecuencia, queriendo ser su espejo o algo así.
—…
—Te prometo que ya mismo dejo de hablar de nada que no seamos tú y yo.
—Puedes hablar de otras cosas, también. De los libros que querrías haber traído, por ejemplo. Me gusta escucharte, no pienses lo contrario. Conmigo puedes hacer y decir lo que quieras, lo sabes, ¿verdad?
—Es que contigo es distinto, no eres solo “una persona”.
—Hombre, muchas gracias…
—Me refiero a que eres más que eso. Además, he comprendido que tenías razón el otro día. Ya está bien así, esto de conocernos lo justo para estar cómodos, pero seguir conservando parte de misterio. Eso me gusta. De verdad, siento que contigo puedo dejar de interpretar.

Con los dedos intento atrapar la libélula de fuego que revolotea a la altura de mi ventanilla abierta. Dejo que mi mano se convierta en mariposa para jugar con ella. “Who can say if your love grows as your heart chose, only time”, susurra Enya en la radio. No me importa que el insecto alargado me queme o que antes de eso mis dedos lo apaguen como harían con la llama de una vela. Solo deseo que algo ocurra y presenciarlo. “Who can say when the roads meet that love might be in your heart.” Las alas azules refulgen en las sombras de la carretera, son esas olas que de noche nadie ve llegar a la orilla. A un pellizco de mí, empiezan a desmigajarse, sus retículas desvaneciéndose como senderos en la niebla. Toda la libélula acaba perdiendo su figura, deshecha en una nubecilla de partículas de plata azulada. “And who can say where the road goes, where the day flows, only time.” Las motas brillan un último nanosegundo a luz de los faros traseros antes de dejar de existir para siempre.

Siguiente capítulo…

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