El vacío que dejan las estrellas (11)

Coges la arena con ambas manos, con cuidado de no derramarla, como si fuera agua sagrada y no solo arena, y la viertes en el interior del cráter. Apenas se nota el fruto de tu esfuerzo, la confundo con la que ya había, pero tú repites el proceso. La recoges de lugares distintos, de forma tan uniforme que el desierto continúa igual de llano. Me propongo imitarte. A falta de pala, yo también uso las manos. Así cuesta más: de la poca arena que recojo, mucha se me escurre entre los dedos como si fuera el tiempo cuando lo contábamos. Voy despacio pero algo hago. Poco a poco, me amoldo a nuestra misión. Disfruto haciendo algo juntos, imagino que el calor lo desprende el horno de nuestra cocina donde pronto meteremos la masa de un bizcocho. Sudamos sedientos pero casi puedo oler la naranja de la masa esponjosa. En cuanto el cráter vuelve a parecer una esplanada, te peinas. Recorro los caminos dorados que dibujan tus dedos en el pelo antes de montarnos en el siguiente coche. Duran uno o dos segundos, enseguida todo el tupé luce uniforme, como recién salido de la peluquería. Me pregunto si hacías ese mismo gesto en tus conciertos mientras subías al escenario. Todo vuelve a ser como antes del meteorito y a la vez siento que algo ha cambiado. Podríamos retozar entre los cactus quemados si quisiéramos. Sé que no nos pincharíamos porque esta vez tenemos un propósito, una nueva oportunidad. En silencio nos alejamos del antiguo cráter y en silencio arrancamos. Me fijo en cómo te agachas para comprobar los bajos del vehículo; siempre repites ese ritual, pero es hoy cuando realmente lo percibo. Algo se remueve al verte a cuatro patas como un tigre amaestrado. Te tomas tu tiempo antes de encender la radio: una canción estropearía este instante. Todo el parabrisas lo llena esa llanura que hemos reconstruido. Durante unos segundos la contemplas como añorando algo. Quizás piensas ya en tu próximo deseo. Desde el otro asiento, yo pienso también en el mío, pero me asusta no pedir lo mismo que tú. Acabar así en otro mundo, un desierto desconocido que no sea este donde nos hemos encontrado.

Cada coche robado nos ofrece una posibilidad de reinventarnos. Una nueva partida a un videojuego creado solo para nosotros. Con un descapotable actuamos como si fuéramos ricos, con un coche familiar fingimos que hemos dejado a los hijos con sus abuelos para irnos de fin de semana. Somos conscientes de que a todos les queda poca gasolina, de que inevitablemente tendremos que pararnos para cambiar de vehículo, pero nada de eso importa al principio del robo, cuando nos sentimos poderosos a bordo de nuestro bote salvavidas. Durante estas breves horas que siempre acaban nos sentimos renacidos. Podemos ser otras personas, volver a acostumbrarnos al espacio entre nosotros, pensar nuevas posturas y acercamientos, diferentes anécdotas que extraer de un pozo que ayer no estaba. Cada nuevo coche alarga la huida porque solo conduciendo sin freno nos sentimos a salvo de ellos, incluso cuando nos los topamos bajando de sus camiones para cazar a otros sabemos que pronto estaremos lejos. En la guantera de un todoterreno encontramos unas gafas y te las pones. Finges coquetería al usarlas para estudiar un mapa imaginario, te atreves a mostrarte tal como serías si fueras otro y yo me río con unas ganas que no pueden ser mías. Los brotes verdes que creamos nos dan más energía que las pastillas del desayuno. No es que todo sea perfecto pero me gusta encadenar instantes como estos donde nada ocurre. Delante de nosotros, la carretera ya está cargándose de nuevo, vuelve a parecer infinita como al principio de cada partida.

Y por las noches, cuando encontramos un refugio entre las ruinas, bailamos. Bailamos como la primera vez que lo hicimos. Bailamos agradecidos por haber escapado un día más. Bailamos en mitad de solares y bosques brumosos, junto al coche con las puertas abiertas, sin sabernos toda la letra pero alternándonos los “You make me feel” y los “mighty real”. Bailamos a la luz de los faros levantando polvo y ceniza con cada paso que inventamos, encontrando libertad en cada movimiento improvisado que guardábamos dentro. Bailamos lanzando besos a un público imaginario. “And you kiss me back and it feels real good and I know you love me like you should.” Bailamos con los brazos alzados, nuestras palmas rozando supuestas hojas y los pies tan sueltos como los hombros, la cadera por fin desatada, la cabeza hacia atrás buscando lo eterno. Bailamos juntos aunque apenas nos miremos. Bailamos chasqueando los dedos como hacían en esos vídeos que nunca hemos visto. “I feel real, I feel real.” Bailamos a lo largo y ancho de la única discoteca donde nadie vendrá a detenernos. Bailamos atravesados por rayos de luz blanca, perdiendo la ropa sin que importe donde cae cada prenda. “I feel real when you touch me, I feel real when you want me…” Bailamos como si fuera la última vez que lo haremos. Bailamos desnudos encima del capó, aleteando mucho las manos, contoneando nuestras pollas erectas mientras entonamos a pleno pulmón cada “Ooh-ooh”. Acompañamos las percusiones de la partes instrumentales con ramas secas, golpeamos el maletero de los coches antes de abandonarlos. Ningún trozo del chasis suena igual a otro. Jugamos a combinar golpes agudos y graves; el cristal nos lo reservamos para veladas especiales en las que apretamos la mandíbula para coger fuerzas. Me pregunto si en las cacerías ellos disfrutan también del sonido único de cada miembro roto cuando resuena en su pecho metálico. Preferiría no tener que comprobarlo. Bailo, bailo, bailo y me enciendo con cada golpe apasionado que damos para mantener el ritmo.

Siguiente capítulo…

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