El vacío que dejan las estrellas (10)

—“No te engañes, a nadie le importamos…”
—¿A qué viene eso?
—Vaya, no me hice tan famoso como decían.
—¿Era parte de una canción tuya? ¡Continúa!
—Ahora me da vergüenza. Igual la habías escuchado en alguna parte.
—Un trocito más, anda, por favor.
—Bueno, pero sin cantar. Solo la letra. “¿Cómo nos íbamos a salvar si no podíamos confiar en quien tenía que salvarnos?” Y luego el estribillo: “Podríamos haber sido un ejército, unidos en un ejército entero. Dejamos la lucha a medias pero nunca seremos inocentes para ellos”.
—¿De verdad eso lo escribiste antes del cambio? Si parece escrito para estos momentos.
—Y hasta me lo dejaron publicar como single… Visionario que es uno. Pero ¿sabes? Aquí, ahora contigo, es cuando se me ocurren las mejores canciones.
—¿Y por qué no las escribes? ¿O sí lo haces? Lo de la grulla era solo una coartada y en verdad te despertaste para escribir.
—No. Aunque lo hiciera, nadie me escucharía.
—Yo lo haría. Podrías componer ahora, en plan el gran álbum sobre el desierto, o algo así.
—…
—¡Me gustaría!
—Ya, ya lo sé que te gustaría. Me conozco bien a los groupies…
—Idiota, también por la música.
—Eras de esos que se compraban un disco por lo bueno que salía el cantante en la carátula, ¿me equivoco?
—No estás tan bueno. Y sí, vale, lo hice, me compré muchos discos solo por eso, pero luego escuchándolos confirmaba esa primera vibración. ¿Cómo puede algo ser perfecto si ya su portada no te atrapa?
—La próxima vez iré a la peluquería. Más efectivo que sentarme a pensar en rimas y acordes.
—Le das muchas vueltas y seguro que es más sencillo, como los orgasmos, que cuanto más los buscas, más se alejan.
—Acabas de comparar mi bloqueo con un gatillazo… Pero sí, en cierto sentido se parecen. Qué irónico, ¿no? El mundo desmoronándose y yo sin saber sobre qué escribir. No sé. Tengo la sensación de que en cuanto me ponga a componer, todas esas canciones que tan bien suenan en mi cabeza dejarán de ser buenas. Prefiero saborearlas un rato. Saborearlas y luego dejar que se vayan de mi mente. Que revoloteen hacia el cerebro de otra persona que sí sepa aprovecharlas. Lo prefiero así.
—Pues es una pena. Ayer decías que yo me precipito, pero mira, no me arrepiento de hacerlo, estrellarme contra las cosas y luego ya veremos. No me gusta quedarme con la duda.

Hasta las estrellas se cansan de soñar en balde. La segunda estrella fugaz del viaje se precipita hacia el desierto, caerá en el mismo punto al que nosotros nos dirigimos, justo detrás de las montañas. De un volantazo, sacas el coche de la carretera y el zumbido sordo de las ruedas se vuelve crujido al aplastar piedrecillas y huesos. Atajas para llegar antes que el pequeño meteorito. Me apoyo contra el cabecero del asiento, feliz como lo haría en una cama. Quizás fuera esto lo que anhelábamos: perseguir sueños caídos contra los que estamparnos. La estela de humo que levantamos a nuestro paso imita a la del astro desplomándose en el cielo. Cambias de marcha para ser los primeros. Al final son estas sorpresas que no te pido las que más me colman.

Llegamos a tiempo de ver cómo el meteorito se hunde en la tierra. Todo tiembla pero no tenemos miedo, ya ha ocurrido otras veces. Esta, eso sí, es la primera que lo vemos tan de cerca. Vemos la gran roca contra la arena creando fuego para que todo desaparezca. El choque engulle árboles, piedras, flores secas, un conejo incauto, y a pesar del temblor no hay ruido. También el meteorito muere en silencio. Por un momento solo quedamos nosotros dos y el humo, después incluso el humo desaparece. Caminas hacia el fondo del cráter y te sientas encima de las brasas, como si nada pudiera quemarte. En mitad de la nada empiezas a cantar. Cantas como dijiste que no cantarías. En la melodía desconocida reconozco un sentimiento que creía solo mío. Ya no eres solo el conductor guapo que repite todo lo que suelta la radio, ahora también me curas. Tu voz reverbera en el cráter y las luciérnagas acuden hasta aquí abajo para escucharte. Ellas y yo somo los únicos espectadores de este concierto. Los insectos en llamas se besan en la oscuridad al son de tus besos, como fantasmas que brillan antes de la última muerte. Te veo iluminado por esos puntos de luz azulada, los hombros encogidos y los ojos cerrados, cantando ajeno a mí y a todo. Puedo ver la guitarra que tocas aunque no exista. Algunas notas se suman a tu canto, elevándose entre los tocones quemados hacia la oscuridad del cielo. Esta noche es la primera vez que no me preocupa que no haya luna, la primera que no buscaré otra estrella apagada. Solo me importan tus labios bailando en la penumbra subacuática mientras con los dedos rasgas el aire. El viento esparce a nuestro alrededor las cenizas azules de las libélulas, pero tú doblas la música como origami. Si en el horizonte ahora cayera otro meteorito, parecería que está remontando el vuelo.

—Todo esto me recuerda a cuando se formó la luna, ¿a ti no? Las lluvias de asteroides que la dejaron sin vida. Exhausta pero llena de cráteres.
—¿Crees que acabaremos viviendo en una nueva Luna? ¿Esa será nuestra recompensa?
—Nosotros no llegaremos a verlo, pero sí. Algo así.
—¿Y de qué será satélite la Tierra cuando se convierta en Luna? Porque siempre acabamos persiguiendo algo aunque no queramos.

Siguiente capítulo…

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