El vacío que dejan las estrellas (9)

Sentados en la misma barandilla de ayer, seguimos hablando hasta que el metal se enfría. El sol se esconde detrás de las montañas porque él tampoco sabe qué más contarnos. Busco aquella niebla junto al río de la que me hablaste y los edificios que habían construido, un viaje que nunca hicimos juntos, las exposiciones que nos perdimos. Por un momento nada se mueve, ni siquiera tu tupé con el viento. Este cauce seco y la torre en ruinas a nuestra espalda son los restos de ese pasado que no compartimos. Cuando oscurece echas a andar hacia el nuevo coche que acabas de elegir, azul eléctrico, desde donde los Beach Boys cantan “Wouldn’t it be nice to live together”. Cerca de ti las libélulas parpadean como los caminos luminosos de un cine a oscuras. Para nosotros el día empieza cuando para los demás termina. Así es más seguro, dices. Tarareas “You know it’s gonna make it that much better” ya sentado al volante y yo completo “when we can say goodnight and stay together” cuando por fin me animo a seguirte. Dejamos atrás sitios en los que no me importaría quedarme. Tú prefieres que no nos encariñemos de ningún lugar, señalas las manchas de la pared o los sofás ajados, nunca te fijarías en el olor a incienso que perdura entre el polvo o el sonido de las ramas al otro lado de una cortina. “I wish that every kiss was never ending.” Puede que viajemos juntos en direcciones opuestas. Me consuelo pensando en tu grulla, la llevo en el bolsillo de la camiseta, las alas plegadas para protegerla. Ahora dependo de ti bajo ese cielo que cada noche tiene menos estrellas, pero quizás la libertad se parezca a esta sensación de dependencia. “Oh, wouldn’t it be nice?” Pones rumbo a las montañas, una silueta negra que nos recuerda que podría haber algo al otro lado, un tesoro por desenterrar.

—Si invitaba a alguien a casa, escondía un cuchillo debajo del sofá.
—¿Un cuchillo? Qué fuerte eres…
—Luego me olvidaba de él, o después de cuatro meneos en el sofá me desorientaba y dejaba de saber dónde lo había dejado, pero mientras le esperaba, atento a los sonidos del ascensor, ese cuchillo me daba seguridad. Si el otro intentaba delatarme, si notaba algo raro, tendría una manera de defenderme.
—Ahora me das miedo. A saber cuántos cuchillos llegaste a usar…
—Aparte de para cocinar, ninguno, claro.
—Y si hubieras tenido que usarlo, ¿qué?
—Eso solo lo sabes cuando llega el momento, como perdonar unos cuernos después de prometerte toda la vida que jamás los perdonarías. Hablar es fácil cuando todo es teoría.
—Recuérdame que nunca te ponga los cuernos… Por si acaso tienes un cuchillo escondido debajo del sofá, me refiero.
—¡Idiota!
—Yo me harté de acumular nombres que no servían para nada. Así que dejé de preguntarlos.
—¿Por eso no me has preguntado el mío todavía?
—El tuyo no lo necesito. Esto es como un nuevo inicio, ¿no?
—A mí sí me gustaba saber los nombres. Estarás de acuerdo conmigo que no sería lo mismo estar con un Sergio que con un Eustaquio.
—Estuve con tantos Sergios que no sabría distinguirlos. De un Eustaquio me acordaría, eso seguro. Y de los anónimos recuerdo cómo se movían.
—¿Solo de eso?
—También del color de sus ojos, el lunar en el antebrazo al arremangarse su jersey rojo… Nunca de sus caras. Después de los nombres, me cansé de las caras. Empecé a quedar sin verlas. Yo les decía que lo hacía por ellos, para preservar su anonimato. Pero en realidad estaba protegiéndome a mí mismo: si no les veía las caras, no existía ninguna conexión y yo estaba a salvo.
—¡Te entiendo! Se oían tantas cosas por ahí, de amantes que traicionaban al otro para salvarse ellos, padres obligados a matar a sus hijos para limpiar el honor de la familiar, cosas así.
—Por eso no leía las noticias… Decía que no me daba tiempo entre los ensayos y los conciertos, pero en realidad me asustaba hacerlo. Si no leía, no sabía. Mejor así.
—Pues yo me informaba de todo, los detalles más escabrosos.
—¿Y eso es bueno? Siempre quieres adelantarte, pero ¿de qué te sirve?
—No lo sé, supongo que me gusta conocer todas las posibilidades para estar preparado.
—¿Sabes? Yo creía que siempre tendría posibilidades infinitas. Por eso rechazaba a cualquiera que intentara acercarse. Los nombres, las caras… todo eran excusas. Ya vendrán otros mejores, me decía. Pero a la hora de la verdad, cuando todo cambió, ni siquiera me quedó gente a la que rechazar.

Siguiente capítulo…

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