El vacío que dejan las estrellas (8)

No sé por qué esperaba que contigo el sexo fuera distinto. Contigo tampoco distingo lo que son tus piernas o lo que son tus brazos. Cualquier parte que movamos resbala, enfundados los dos en sendos trajes profilácticos que tienen que protegernos del otro. Te imagino más allá de todas las capas de plástico, me convenzo de que este chirrido al rozar algo con mi mano también es tocarte. Rodando por la arena, nuestros cuerpos chocan como dos piedras tercas que intentan ocupar el lugar de la otra. El primer golpe duele, los restantes nadie los nota. Tus hombros son la única montaña que me gustaría ser capaz de escalar. Después de mil embestidas, nos apartamos y puedo ver el cielo sin nubes más allá de tu cabeza en retirada. Contigo sí ha habido algo diferente, al final: nunca había follado al aire libre hasta hoy. Intento contártelo pero mis palabras solo son vahídos dentro del látex.

Dormimos porque soñando prolongamos la huida. Cuando vuelvo a abrir los ojos, el cielo ya no es azul sino negro y solo hay algunas estrellas aquí y allá. Ninguna luna porque eso fue lo primero que nos robaron. Decían que era peligrosa, que nos enloquecía. Así que la destruyeron. Una noche ya no estaba. Todo lo que conocemos puede desaparecer así, pero tú aún estás aquí, a dos o tres pasos, sentado en lo alto de nuestra duna. Tu espalda desnuda está recubierta de arena. De alguna parte llega el haz rosado de un letrero luminoso como lo haría una estrella fugaz que no se cansa de concedernos deseos. Al ritmo de sus ráfagas, observo cómo tus dedos doblan una grulla de origami. Con precisión marcas las diagonales, las puntas plegándose sobre sí mismas, pasas páginas para crear las alas. Sé que podrías acabar incluso a oscuras, pero querría encontrar para ti el interruptor de la luz en mitad del desierto, como si la tierra polvorienta fuera papel despintado por el que deslizar mis manos. Me da miedo que no haya nada mejor que esto. Verte hacer cosas mientras siento el tacto frío de cada grano de arena contra mi piel desnuda. Entonces te giras hacia mí, tu pelo parece más largo ahora aplastado contra la frente, y me muestras la grulla terminada, le has abierto tanto las alas que de verdad parece un pájaro a punto de echar a volar hacia la claridad rosada. La posas sobre el trozo de yermo que nos separa, la desplazas un poco hacia mí, ofreciéndomela.

—Te quiero.
—No digas eso, ¿eh? No me quieres.
—¿Tú cómo sabes lo que siento? Te lo he dicho porque lo siento.
—Porque es imposible. Nadie sentiría eso por alguien que conoce de hace dos días.—¡Pero si ya llevamos tres días viajando juntos!
—Ah, eres de los que cuentan los días…
—No hay que contar nada, no son tantos días.
—…
—¿Y qué es lo que puedo decir, que me gustas? ¿Eso lo puedo decir?
—Sí, eso es subjetivo y ahí no me meto.
—Pues me gustas. Mucho.
—Gracias.
—¿Y cómo sabré que sí te quiero?
—Cuando sea de verdad, no necesitarás decirlo.
—Yo creo que te equivocas, nunca sentiré esto tan fuerte como ahora, es imposible.

Siguiente capítulo…

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