El vacío que dejan las estrellas (7)

Incluso el sol nos persigue a la mañana siguiente. Cambiamos el coche por un furgón gris, dejamos atrás los paisajes de ayer, pero el horizonte lo intuimos tan lejano como al principio de la huida. Hoy ni siquiera descansaremos de día, dices, hay que darse prisa. Procuramos no fijarnos en los restos de quienes fracasaron en su intento de huir antes que nosotros. Coches quemados, esqueletos de ropas pasadas de moda. No somos los únicos, hubo otros. Debieron de conducir también con ilusión, hablar en el mismo tono eufórico, sentir también que todo era nuevo. Solo lograron morir en mitad de la arena roja, quemados por el sol creciente igual que arden las libélulas antes de morir. A ratos, cuando el viento te alborota el tupé, imagino que me llega el olor de tu champú, casi me convenzo de que todo es un decorado, que si sacara la mano por la ventanilla rozaría campos de trigo y no hierbajos esporádicos secándose entre las vallas chamuscadas. “Super trouper beams are gonna blind me but I won’t feel blue…” La canción de Abba que salta en la radio te hace gritar de felicidad. Después ríes y es entonces, al desplegarse tus labios como si desearan abrazarme, cuando por fin me libero. Levanto los brazos al aire, imito tu grito y tu risa. Aparece un árbol verde en pleno asfalto. Tienes que dar un golpe de volante cuando se materializa, fantasmagórico. Es la primera cosa viva que vemos juntos, la seguimos con la misma mirada. “Smiling, having fun, feeling like a number one.” Nuestras risas se expanden por el desierto y con ellas el verdor regresa por un instante. Tras las ruedas del coche aparece un rastro de hierba que desconcierta a las libélulas, a ambos lados brotan hileras de árboles renacidos. “The sight of you will prove to me I’m still alive.” Por un momento parece que juntos rescataremos la vida que nos contaron, pájaros saltando de rama en rama una mañana de finales de invierno con un sol que no abrase. Pero enseguida todo se desvanece, los pájaros se desploman calcinados y la arena rojiza se impone de nuevo. Quizá si siempre riéramos, el mundo volvería a ser el de antes.

Las ruinas surgen cuando no las esperamos. No son espejismos, son lo que quedó del espejismo. Torres a medias, como pintalabios de algún gigante, y migas de piedra desperdigadas. Solo aquí podemos gritar sin miedo a que nadie nos oiga. Es lo que hacemos. Gritamos en lo que queda de las avenidas demasiado anchas para que el eco nos haga viajar hasta el último recodo. Tuvimos que desaparecer para contemplar esto.

—Esta era mi vista favorita. Viajaba aquí a menudo y siempre pasaba por esta orilla, de camino al museo.
—¿Cuánto hace de eso?
—Todavía había río. Recuerdo la humedad, encogerme dentro del abrigo y adentrarme en la niebla, sentirme en casa en ese preciso momento, ya sabes.
—Sentirte en casa lejos de casa.
—Un poco como ahora. No hay humedad y no hay niebla, pero sigue gustándome esto. Antes, había un edificio nuevo en la otra orilla: recién construido, reluciente. Pero a mí me daba la sensación de que hubiera estado allí siempre, ¿sabes?
—Yo lo que echo de menos es el mar. ¿No te pasa?
—No puedes echar de menos algo que nunca has visto.
—¡Precisamente! Me gustaría verlo, tocarlo, sentirlo, olerlo, escucharlo, pero no puedo. ¿No es eso echar de menos? Y te sonará raro, pero cuanto más nos adentramos en medio de esta nada, más me convenzo de que acabaremos llegando a alguna parte tarde o temprano.
—Ahora dudas de mis dotes de conductor, ¿eh? Se acabaron los piropos…
—Hablo en serio. No te puedes imaginar lo que significa estar aquí. Llegué a creer que no había más vida para mí, que ya lo había vivido todo.
—¿Por eso decidiste quitarte de en medio?
—Bueno, entre otras cosas.
—…
—Me gustaba estar a solas, no te creas. Llegué a necesitar esos momentos conmigo mismo, en mi cápsula, al final de la jornada.
—Hacías balance, ¿no?
—Más que balance, supongo que me disfrutaba a mí mismo.
—“Disfrutarte”, ya.
—¡Idiota! Sí, me disfrutaba. Disfrutaba de saberme alguien que respiraba. Alguien que podía hacer cosas o no hacer nada. A solas era la única manera de recordar que nadie decidía por mí. A pesar del reglamento, tirado en mi cama a oscuras me sentía vivo.
—¿Qué falló, entonces?
—Yo.
—¿Eh?
—Sí: fallé yo, dejé de funcionar como tenemos que hacerlo. Trabajando todo me superaba, incluso tonterías: una llamada, una puerta cerrada. Con todo me bloqueaba. No me veía capaz de ir al ritmo que el mundo me exigía. Era como ver por una rendija un mundo al que yo ya no pertenecía. El único respiro que encontraba era llegar a mi cama. Con cada nuevo fracaso, se me desprendía otra pieza. Yo seguía siendo aquella torre de madera que tan sólida e infinita parecía al principio de la partida, pero ahora más tambaleante, más agujereado.

En el pueblo abandonado, la arena bloquea las puertas pero nos permite entrar por una ventana. Escalamos las dunas hasta ella y nos colamos en el interior. Nuestros ojos se convierten en radares dentro de la casa. Bayas secas. Una silla partida y polvorienta. Cacerolas sucias sobre la encimera. En la despensa, melocotones arrugados que todavía conservan algo de eso que llamábamos dulce. Latas de conserva que nadie ha asaltado: guisantes, maíz, champiñones. Las cojo, creyéndome que nada puede ser mejor que esto, regodeándome en la cara que pondrás al ver mi botín. Entonces me guiñas un ojo para mostrarme lo que acabas de encontrar: una caja, escondida entre dos estantes por alguien que nunca regresó a por ella. En la imagen del cartón aparece un traje profiláctico y según el texto contiene dos unidades. La sacudes para hacerla sonar. Nuestro deseo crece tanto y tan rápido que tenemos que salir corriendo para desatarlo.

Siguiente capítulo…

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