El hueco #37

—Todos tienen una idea de mí y no sé cómo demostrarles lo equivocados que están. Contigo por fin puedo decirlo: no siempre sonrío.
—¿Ah, no? Déjame decirte que desde que te conozco no has dejado de hacerlo.
—Y a veces tengo días malos, también. Días terribles. Y pienso en sexo tan a menudo que algunos días solo pienso en eso.
—¿A todas horas?
—Y en todas partes, no lo sabes tú bien. Tanta energía gastada en algo que podría solucionar en diez, quince minutos a lo sumo.
—¡Qué generoso!
—A menudo cocino pensando en la paja que me haré después. Por la calle, los ojos se me van a los paquetes de los tíos. Calibro el bulto en el pantalón de chándal.
—Pero con disimulo.
—Eso siempre. De reojo. Y aunque les vea acariciando la mano de su novia, fantaseo con que me espía. Esa fantasía me asusta: quizá se darán cuenta. Pero no dejo de preguntarme si estarán pensando lo mismo, imaginándose también una escena sexual por la calle. No necesariamente conmigo; con quien sea. Eso me intriga. Saber si los demás llegan a pensar en sexo tanto como yo o no.
—¿Y todo esto no se lo contabas a nadie?
—Qué va. Quienes me conocían me habrían mirado todos como un depravado. “¡Es un guarro! Solo piensa en sexo”, dirían a mis espaldas. Por eso tengo tan ensayada mi cara de niño bueno. Para que nadie sospeche.
—Es curioso cómo te tienes por alguien autosuficiente, al margen de todo y de todos, cuando en realidad lo que más te preocupaba entonces, y sospecho que no ha cambiado, era lo que pensaban los demás de ti. Nadie te pedía fingir ser un santo.
—Tú ahora no me lo pides, pero la gente… La gente…
—¡A la mierda la gente! Joder, les hemos dejado atrás pero hablas tanto de ellos que parece que aún los llevemos en el coche.
—En cualquier momento se asomará alguien desde el asiento trasero.
—Hablo en serio.
—Yo también. Perdona. Cuando conozco mucho a alguien, tengo la sensación de que acabo por actuar como él espera. Como si viera proyectada la imagen que esa persona tiene de mí y actuase en consecuencia. Queriendo ser como ese espejo. Pero está bien. Te prometo que ya mismo dejo de hablar de nada que no seamos tú y yo.
—Puedes hablar de otras cosas, también. De los discos que querrías haber traído, por ejemplo. Me gusta escucharte, no pienses lo contrario. Conmigo puedes hacer y decir lo que quieras, lo sabes, ¿verdad?
—Es que contigo es distinto. No eres solo “una persona”.
—Hombre, muchas gracias.
—Me refiero a que eres más que eso. Aunque si lo piensas, tampoco nos conocemos tanto….
—¿Te gustaría que nos conociéramos mejor? ¿Eso quieres decir?
—Sí. No, creo que no. Porque ya está bien así. Nos conocemos lo justo para estar cómodos, pero seguimos conservando parte de misterio. Eso me gusta. Me relaja. Tienes razón, contigo no tengo nada que interpretar.

 

Fotografía: Théo Gosselin.

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