El hueco #38

Enseguida nos habituamos a los volúmenes del coche para evitar tocarnos. Es lo primero que hacemos, de hecho: aprender a respetar el espacio del otro incluso con las sacudidas que van llegando, conocer los obstáculos que nos separan. El freno de mano y una lata de Coca-Cola olvidada. Reprimo mis ganas de rozar tu rodilla o tu mano como si no las buscara. No puedo convertir la búsqueda en accidente. A ti, en cambio, no te cuesta permanecer muy quieto al volante, la mirada tan fija en el horizonte que logras convencerme de que algo acabará apareciendo. Cuando cambias de marcha para tomar una pequeña pendiente, fantaseo con que tus dedos se escaparán hasta mi pierna. En vez de eso, regresan siempre al volante. Es más seguro así, lo acepto. Tiene que ser así. A ti ni siquiera te perturban los carteles que de vez en cuando rompen el horizonte liso; yo sí los sigo para asegurarme de que no aparecen nuestros retratos. Solo anuncian viviendas para familias sonrientes que persigo hasta que se funden con el paisaje. Entonces mis ojos vuelven a ti. Desde mi asiento, me conformo mirándote mientras no me miras. Con el pelo recogido en lo alto y esa camiseta azul índigo contrastando con tu barba rubia, pareces un samurái capaz de recitar algo en francés. Sé que no eres una estatua porque si te hablo mueves los labios.

Fotografía: Théo Gosselin.

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